Unos sistemas operativos nacen en grandes corporaciones, con miles de ingenieros y presupuestos millonarios. Y luego está TempleOS, que escribió de cabo a rabo una sola persona durante más de diez años. No es el más rápido ni el más útil ni el más seguro. Pero pocos proyectos en la historia de la informática te dejan tan fascinado, conmovido y descolocado a la vez. Esta es la historia de Terry A. Davis y del sistema operativo que, según él, le encargó Dios.
Un programador y una idea imposible
Terrence Andrew Davis (1969-2018) fue un ingeniero electrónico y programador estadounidense con un talento técnico poco común. Arrancó con lo que después sería TempleOS hacia 1993, tras una serie de episodios maníacos que él describió como una revelación divina. Davis padecía esquizofrenia, y su biografía está marcada tanto por su brillantez como por su enfermedad.
No buscaba competir con Windows ni con las distribuciones basadas en el kernel Linux. Davis quería levantar el “Tercer Templo” que describe la Biblia hebrea, pero en forma de software: un lugar donde, según él, la gente pudiera comunicarse con Dios a través del ordenador. Esa premisa, mitad teología y mitad código de bajo nivel, hace de TempleOS un caso único.
De LoseThos a TempleOS
El proyecto cambió de nombre varias veces. La versión más temprana se llamó J Operating System, con una primera publicación pública (la 2.0) en 2005 que repartía desde la web personal de Davis. En 2006 pasó a llamarse LoseThos, en referencia a una escena de la película Platoon (1986).
Después el sistema adoptó el nombre SparrowOS, hasta que en marzo de 2013 quedó bautizado de forma definitiva como TempleOS. La versión 5.03, que se considera la última oficial, llegó en noviembre de 2017. En total, más de una década de trabajo en solitario, sin equipo ni empresa detrás.
Cómo es TempleOS por dentro
Por dentro, TempleOS es austero a propósito, casi un homenaje a la era de los ordenadores domésticos. El propio Davis lo describió como un “Commodore 64 moderno”. Estas son sus características más llamativas:
- Resolución fija de 640x480 con 16 colores y audio de una sola voz. Davis afirmaba que estas especificaciones se las pidió Dios explícitamente.
- Lenguaje HolyC, que él creó como punto intermedio entre C y C++, compilado just-in-time. Hace de lenguaje de programación y a la vez de shell del sistema.
- Arquitectura de 64 bits, ring-0 únicamente: no hay separación entre núcleo y usuario, todo se ejecuta con los máximos privilegios.
- Multitarea cooperativa no expropiativa: las tareas tienen que ceder el control por voluntad propia.
- Sin controladores de red: TempleOS no se conecta a internet por diseño.
Davis se marcó además un tope de 100.000 líneas de código para todo el sistema. La versión final ronda las 80.000 líneas e incluye el núcleo, el compilador de 64 bits, las bibliotecas gráficas 2D y 3D y todas las herramientas. Visto así, es una pieza de ingeniería minimalista que impresiona.
El “oráculo” y otras curiosidades
Una de las funciones más conocidas es el oráculo. TempleOS traía una herramienta que generaba texto pseudoaleatorio a partir de un cronómetro interno; Davis la comparaba con una ouija o con la glosolalia, y la usaba para “hablar con Dios”. Bastaba una pulsación para obtener una secuencia de palabras que él leía como mensajes divinos.
El sistema también dejaba dibujar gráficos en línea junto al texto, mezclando código y arte de una forma poco habitual. Y su documentación, los archivos DolDoc, juntaban texto, imágenes y enlaces ejecutables en un mismo formato hipertextual.
TempleOS comparte el espíritu de sistemas pequeños y didácticos como MINIX o el experimental Plan 9, pero su rareza lo aparta de cualquier comparación directa. No se diseñó para producción, sino, en palabras del propio Davis, para “programación recreativa”.
Un legado inesperado
Terry A. Davis murió en agosto de 2018, en circunstancias trágicas tras años de problemas de salud mental y situaciones de calle. Tras su muerte, la comunidad de programadores que llevaba años siguiendo sus vídeos y publicaciones reivindicó su figura, no exenta de polémica, como la de un genio incomprendido.
Hoy TempleOS se conserva como software de dominio público y sigue dando pie a estudios, homenajes y bifurcaciones. Más allá del componente religioso y de la enfermedad, queda el hecho técnico innegable: un solo hombre escribió un sistema operativo completo, con su propio lenguaje y su propio compilador, desde cero. Una hazaña que seguramente no volvamos a ver.
